Cuántas personas se han ido de nuestras vidas porque no fueron lo que esperábamos.


Constantemente imaginamos al otro y pensamos lo que se supone que ese otro “debe ser”.


Y cuando esa persona no cumple con lo que se supone que creíamos que tenía que pasar… nos enfadamos.


El enfado puede ser tan largo como los años. Tan profundo como el sabor del acero.


Cuando uno pierde a un amigo, una piedra se queda en el alma. Y se queda ahí prendida, con una voz tenue que resulta muy difícil de apagar.


Y aunque estas líneas sean obvias y tengamos la teoría clara…
No llegamos a comunicarle al otro lo que necesitamos, lo que nos pasa… lo que nos pesa.


Nuestro corazón arde. Pero nuestra garganta enmudeció. No decimos, sólo pensamos, sólo damos vueltas.


Sólo esperamos a que el otro venga a decirnos “no-se-qué”. Un palabra precisa, un gesto redentor.


y ese Otro es un Otro que nunca llega, porque habita en esa espera que nunca llega a acontecer.


Y nos quedamos rumiando nuestras palabras, sin poder despedirnos, sin poder mirarnos y decirnos: Lo siento, te abrazo, te quiero… gracias por pasarte por mi vida…


… Aunque ya no estás, amigo mío, sigues siendo….
Con los años son pocas las personas que dejan huella.
Son pocas, muy pocas las personas con las que uno puede enlazarse en el camino.


Y son a la vez tantos los que se han quedado afuera.
Al menos así me pesa a mí.


Hacer amigos es fácil.
Deshacerlos no.


Son tantos las amigas y los amigos a los que no les pude decir lo mucho que les llevo en mi corazón…


Creo que por eso escribo.


A veces creo que escribo para que en mi corazón se pose una última escena que nunca existió….


A veces me invento despedidas. Y así me siento en paz. Aunque sean mentira.


Y mi corazón lo sepa. No pasa nada.


No pasa nada si acudo al recuerdo para sentir calor. No pasa nada si por un ratito juego a inventar un todavía-estamos-siendo … un todavía-no-te-has-ido o un abrazo-que-nos-diga-que-aunque-ya-no-estemos-siendo-te-llevo-tan-adentro-que-tus-pasos-son-los-míos.


No pasa nada si me invento lo que nunca pudo ser.
Cuando lo hago, las piedritas de mi alma palpitan un poquito.
.
A veces me invento las despedidas.


Me doy permiso para acudir al cementerio de mi alma y rendir homenaje sobre el suelo que ayer nos vio crecer.


Y te digo que te extraño. Que te recuerdo. Que gracias a ti; soy.


A veces me invento las despedidas.

__
Extraído de mi próximo libro. Suscríbete a mi lista en http://www.mundoaladuria.com para estar al tanto de todas las novedades. Ilustración Kathia Recio

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