Lo único perfecto es lo que se comparte.

(…)
 
 
Mi madre siempre me educó para ser perfecto. Y así lo logró.
 
Cuando le entregaba un dibujo y las montañas eran rojas y el sol estaba a medio hacer, lo pájaros se posaban mitad en el aire y mitad en la ramas, los personajes tenían los cuerpos desproporcionados ella al mirarme me decía :
 
¡ Mi amor, es bellísimo! Muchas gracias. Es perfecto.
 
Y con esas volvía al cuarto a seguir con mis aventuras aladopajariles.
 
Si de tarde le contaba la historia de un niño que tenía peces en un cajón que al escuchar el viento del otoño entonaban una hermosa canción, ella me volvía a responder;
¡ Mi amor, es bellísimo! Muchas Gracias por contarlo. Es perfecto.
 
Hasta que un día fui a la escuela y el maestro nos mandó hacer un dibujo y así lo hice yo.
 
Pero cuando me vio pintar las montañas de color naranja me dijo “eso no están bien, las montañas no son naranjas”.
 
Arréglalo hasta que quede perfecto”.
 
Esa tarde regresé a casa triste y le conté a mi mamá lo que había pasado en la escuela.
 
Y me dijo:
 
“La perfección es una palabra que puedes poner antes o después de saltar.
 
Si la pones antes, harás que los demás sean felices.
 
Si la pones después, te harás feliz a ti y a quienes amen tu corazón”.
 
Lo único perfecto es lo que se comparte.
 
____
 
Extraído de mi libro “Aladuría” Editado por Mueve Tu Lengua A la venta en todas las librerías España y México.

La pregunta correcta no es ¿Cómo ser creativo? La pregunta realmente importante es: ¿Qué te impide sentir que ya lo eres?

Una idea recurrente en nuestra educación es que nos han vendido que ser creativo es tener una idea única y con ella resaltar frente al grupo. Es decir, que ser creativo es ser distinto y, además, agradar a la máxima gente posible.

Si para mí, ser creativo es despuntar frente a los demás, hacer que el grupo me diga lo maravilloso que soy y que todos se asombren con mis habilidades, entonces estaré preguntando, en esencia, otra cosa. Estaré preguntándome cómo ser increíble frente a los demás usando mi ingenio, pero no cómo ser creativo.

Si mi modelo de creatividad es Steve Jobs y yo no sé cómo hacer para crear una marca y unos productos que revolucionen la tecnología mundial o si mi modelo es Picasso y no sé cómo hacer para desdoblar un dibujo y crear un nuevo enfoque en el arte contemporáneo, sin duda, podré sentirme hundido antes de empezar porque jamás seré “creativo” como ellos. Pero, si mi modelo de ser creativo es el jardinero de mi urbanización o la madre que cocina para su familia, mi idea sobre la creatividad será muy distinta. Los primeros son ejemplos inabarcables y el simple hecho de relacionarnos con ellos hacen que nos bloqueemos antes de empezar. Sin embargo, frente a la madre o el jardinero, todos pasamos desapercibidos. Ambas son expresiones creativas, pero parece que no tienen la misma aceptación social. Quizá sea porque no nos enseñaron a ver la belleza de un jardín, pero sí a ver la ingeniosidad de Apple. Quizá consumimos más smartphones que jardines y atardeceres, quizá nuestra idea de creatividad no está encaminada a ver la belleza, sino a despuntar frente a los demás desde la mordiente concepción del éxito.

¿Cómo puede ser que uno crea que no es creativo?, ¿Qué nos han dicho en la escuela o en la sociedad para tener esa idea tan reductora?, ¿Qué nos ha pasado para desdibujar nuestra ilusión y el contacto con lo que éramos, con lo que somos, con lo espontáneo, con lo diferente y lo único?, ¿Qué nos pasó para convertirnos en fotocopias, en versiones de versiones de versiones de versiones del niño que un día fuimos?

Trataremos de responder a estas preguntas y tantas otras más no sin antes percatarnos de un detalle muy importante: Preguntarnos por nuestra creatividad esconde un tesoro intenso y hermoso porque se trata de una pregunta llena de heridas. Es como si alguien se pregunta “¿Cómo se ama?”. En realidad, esa persona estaría manifestando todos los golpes amorosos que ha recibido y busca, por encima de todo, una fórmula para no volver a caer en los dolores nocturnos y en los hospitales del alma.

Las palabras son las manitas con las que tocamos mundo.

Las palabras son las manitas con las que tocamos mundo. Pueden ser cometas, pueden ser anclas, pueden ser palabras que nos eleven o palabras esclavistas. Las palabras tienen memoria y no son arbitrarias ni tampoco inocentes. “No hay palabras neutras” decía mi compatriota Galeano, siempre están mirando a algún lugar. Es menester saber si el lugar al que miran nos suma o nos resta vida.

Así como nuestro cuerpo se nutre de los alimentos que consume, nuestro ser se alimenta de las palabras con las que tocamos el mundo. Podemos hablar de “comida basura” como también podemos hablar de “palabras basura”, es decir palabras que no alimentan nuestra libertad y nos hacen ser menos ágiles, nos producen pesadez y malas digestiones, palabras que en definitiva nos hacen estar menos vitales y saludables.

Nos resulta difícil salir del atolladero que supone vivir dentro de palabras de las que apenas sabemos nada y cuyas fronteras generalmente se invaden. “El lenguaje es la casa del Ser” decía el magnífico Heidegger. Aquello que decimos configura nuestro mundo. Las palabras son vestidos con los que paseamos por la virtualidad de nuestras creencias, pensamientos, fantasías… Y por allí deambulan, crecen y a veces, se reproducen.

Pero todos sabemos que esas palabras son solo tentativas, utensilios que empleamos para comunicarnos con el exterior y también para darle calma a nuestro pensamiento analítico. Él necesita comprenderlo y etiquetarlo todo. Es su trabajo.

Pero nuestras palabras tienen muchas funciones. Una de ellas es la de posibilitarnos una relación con el exterior lo más fecunda posible. Las palabras tienen también la opción de ayudarnos a situarnos en el presente y también a inventar el futuro.

(…)

Extraído del libro “Aladuría” de Julián Bozzo.
Mueve Tu Lengua

La Escuela anula por completo la infancia (Cap 3. Aladuría)

(…) La escuela, en vez de ser un espacio al servicio del niño, es un espacio al servicio del adulto y del poder; no está diseñada ni pensada para mirar la esencia del ser humano y hace todo lo posible por cortarla y castrarla. Lo hace aunque no se dé cuenta y, cada día, lo hace con más virulencia.

¿De qué manera logra esto? Haciendo que la escuela sea un espacio que mira a la infancia como un producto del adulto. La escuela no ve al niño como presente, sino que lo ve como “el adulto que un día será” y eso hace que no se pueda disfrutar de la realidad que el niño está viviendo. Si a un niño de 5 años, que se pasa el día jugando y bailando, le digo que tiene que estar tranquilo y calmado, lo que estaré haciendo será poner mi necesidad por encima de la suya. Es decir, le estaré educando para que permanezca quieto y que no haga ruido, le estaré educando en las características del hombre adulto aburrido. Sigue leyendo