Hubo un momento en el que se pensó que la auténtica misión de la Escuela era mirar el alma de los alumnos.

Ese mirar, condicionado por nuestras garantías vitales, desplazó los contenidos, el estudio ,la reflexión y dio paso a un filosofar o más bien un divagar sobre el alma.

Ese momento nacido a finales del 2000, dio paso a un un contexto social muy interesante para el pensamiento pedagógico ya que era un intento de inclusión de la metafísica dentro del proceso de aprendizaje. El problema surgió cuando el Mercado y los “malos” estudiantes del anterior modelo “reflexivo, estudioso, memorístico, exigente*” encontraron en la facilidad de ese discurso un lugar desde el que limpiar sus pecados, redimirse y atacar al “sistema” que “nos les aceptó”.

De ahí el mensaje populista del “los libros no dicen nada, la mejor escuela es la vida, si no lo practicas no sirve, lo importante es “hacer”, etc”. Estas “frases”, o mejor dicho esos hallazgos pedagógicos nacidos de Dewey, Freire, Rousseau y tanto otros fueron tomados como eslóganes de una guerra ideológica sobra el hacer en Pedagogía que terminaron por desvirtuar, otra vez más en la historia, el buen hacer educativo.

Hoy en día la Escuela soporta el vacío el contenido frente al éxtasis del “saber hacer y las competencias”. Un espacio psicologizado y terapeutizado por personas, enfoques y teorías que, si bien es cierto que puedan ser útiles en ciertos contextos de la población, no hacen más que segregar y aumentar la brecha social y las desigualdades, además de reducir al sujeto a un puro engranaje económico, político y social.

La Filosofía, la Ciencias ,las Artes, las Humanidades.. todas ellas germen del estos pensamientos últimos desaparecen de la escuela y aún peor, de la biblioteca de los docentes y estudiantes que ven como sus estantes se llenan de libros vacíos, pseudopedagógicos que invitan a un constante renacer del alma y un olvido de la memoria pedagógica en pro del relato personal.

La crisis de la educación se consuma tras las guirnaldas de las pedagogías vanguardistas, que tras el falso engaño de “la felicidad y el Sé tu mismo” esconde el olvido del sujeto y el nacimiento del sujeto-objeto despojado de su libertad.

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