La ayuda se presta.

 
Nadie dice “te vendo, te regalo, te compro”… Porque es así.. La ayuda se presta.
 
No es tuya.
No las puedes poseer.
 
Cuando alguien te ayuda sucede un hilo mágico entre toda la humanidad.
 
Eso que te fue entregado debe ser devuelto a otra persona. Y así, a otras tantas manteniendo el círculo infinito de préstamos almáticos.
 
Las personas prestamos la ayuda. Una ayuda que ayer se nos entregó y que mañana habremos de devolver.
 
Sentir que la humanidad es un entramado de caricias cuyo eco es insondable vierte sobre mi pecho una suave sensación de río. Un devenir de cachorro universal que me hace ver al otro como compañero extremo en esta pérdida que supone estar vivo.
 
Porque la vida duele. Fundamentalmente duele.
 
Porque se habla mucho de la valentía del levantarse tras la piedra. Del YO puedo, del YO soy, del YO recorrí solito la senda…
 
Pero … reconocer la mano, reconocer el guiño del transeunte que nos invitó a recogernos en la ayuda del tropiezo no es bien reconocido por los Ministerios de nuestra Libertad interna.
 
Saber prestar ayuda, saber recibirla y darla… muestra un grado enorme de humanidad y sabiduría.
 
Sin ayuda… ¿Qué sería de la educación?
 
Nacemos necesitados de ayuda.
 
Durante varios años nuestras papás nos sostuvieron.
 
Sin ellos no habría vida.
 
Esa ayuda se nos prestó.
 
Y nosotros hemos de hacer lo propio para que la rueda gire y siga girando.
 
Se habla mucho del “YO fui capaz de… “… Como si decirlo fuera mayor empresa que la de aquel que dijo “A mi me prestarnos ayuda y así recorrí aquel sendero..”…
 
Eso no vende bien.
 
Eso no consigue followers.
 
Todos quieren ser Quijotes,
ninguno Sancho Panza.
 
¿Sabes qué?
 
Dar y recibir ayuda te hace más héroe que cualquier otra cosa.
 
Recuerda. Los Héroes, llevan disfraz y no tienen familia.
 
Tienes followers.
 
Pero duermen solos cada noche.

¿Elegimos con la cabeza o con el corazón? Cómo tomar la decisión “correcta”.

Pasa a menudo que tomamos una decisión y por alguna extraña causa, el eco de ese impulso nos acompaña durante un tiempo. Asoma a través de las preguntas ¿habré hecho bien? ¿ Es esto correcto?

Sin duda, tomar una decisión trae una factura asociada, una abanico extenso que en forma de juicio nos sitúa en una realidad incómoda que la mayoría de las veces nos ubica entre dos mundos que no terminan por cerrarse. Así, vivimos entre lo que deseamos dejar atrás y lo nuevo que no se termina de abrir debido a nuestra incapacidad para confiar en lo que vendrá.

Es difícil, lo sé. Es complicado separarse de lo desconocido y aventurarse en lo que será. Pero ¿qué nos pasa para tomar decisión y estar en constante diálogo con el juicio?

Cuando decidimos podemos hacerlo desde varios lugares. No es sólo la cabeza (el intelecto, la razón, etc) quien toma las decisiones. Muchas veces lo hace el cuerpo, otras veces el “espíritu” y otras el mundo emocional.

Sinceramente creo que no sabemos diferenciar (en realidad nunca nos enseñaron) qué centros motores nos hablan; de esta manera solemos ponerle toda la atención y el peso al centro motor de la cabeza. El intelecto decide dentro del campo para que le es propio. Hunde su dominio en acontecimientos que precisan saber de las consecuencias de nuestros actos, cuya ética se basa entre lo correcto y lo incorrecto. Distingue, clasifica, ordena, valora, etc. De esta manera nos ayuda a ordenar nuestras finanzas, decidir entre dos coches en el concesionario o a no caminar descalzos su hay cristales en el suelo.

Pero hay otro orden de experiencias vitales que no pueden ser medidas a través de este velo. Un orden de movimientos internos que nos están situando más allá de la realidad conocida, un bosquejo titubeante donde anida lo mágico, lo inexplorado, lo inefable. Ese lugar aún no esta bajo el imperio de  la palabra. No puede ser descrito, mediado, filtrado ni manipulado, los pasos no se pueden prever, ni planificar. Es el mundo de las decisiones traídas desde el corazón, desde lo invisible y lo poético, desde aquello que cada uno sabe que es mejor para sí mismo.

¿Qué nos pasa para decidir y no estar convencidos de lo que hemos hecho?

1. Tenemos miedo al juicio. Sin duda nos aterra que es lo que pensarán los otros de nosotros. Expresarse es un acto de valentía tremenda y habitualmente el resto de la gente que nos acompaña suele preferirnos iguales que distintos. Así que antes de que me digan si esto esta bien o mal, antes de sentir soledad y rechazo. Prefiero no decir nada.

2. Tenemos miedo a lo inexplorado: Allí, más allá de lo que conocemos se esconde una orbe de escenas imprudentes que abren un universo de experiencias por vivir. En ese mundo de nuevas maneras, nuestro disfraz cotidiano se desdibuja. ¿ Qué me pasa si me enfrento a la soledad? ¿Qué pasa si me enfrento a la compañía? Pasan cosas nuevas, pasan cosas nuevas y la necesidad de comprenderlas. Pasa que tengo que rellenar de vuelta con nuevos significantes aquello que me rodea, explorar nuevas emociones, nuevas maneras de sentirme en el mundo. Y eso supone un esfuerzo, una caminar a ciegas y un sentir que no controlo la vida. Y eso, asusta.

3. ¿Quién decide por nosotros? A menudo no podemos dar un paso porque nuestra cultura y sobre todo nuestra familia no lo consiente. Tenemos que ser fieles al sistema familia. Digamos, en resumidas cuentas que lo que todo ser humano quiere es el amor de su padres, gran parte de nuestras decisiones o bien provocan rechazo o bien hace que se sientan satisfechos. En cualquiera de estos dos  casos esas decisiones están relacionadas con el ser queridos o vistos por nuestros progenitores y a la vez por nuestro sistema familiar. A menudo, los hijos solemos hacer cosas que nuestros padres no ser atrevieron a hacer. Y lo hacemos con amor y un hálito de decirles “papa/mama yo lo hago por ti”. Lo más natural es que el sistema no nos deje hacerlo, es un espacio prohibido. Esa prohibición por hacer lo que queremos por nuestra familia fue a su vez vetada por nuestros bisabuelos a nuestros abuelos y así en una red sistémica y meta genealógica. Por tanto cuesta esfuerzo y sudor. Aunque meternos aquí es abrir otra discusión digamos que es preciso aceptar que nuestras padre lo hicieron lo mejor posible, que les queremos y que agradezco lo que me habéis dado; Pero es momento de seguir caminando yo mirando al futuro y no mirado a lo que fue. La lealtad a nuestro sistema familia es enorme (Léase: Lealtades invisibles y nuestra Libertad Creativa.)

¿Cómo saber si la decisión que has tomado es la correcta? Primero, olvida la idea de que hay decisiones mejores o peores. Meterte en esa diatriba solo trae dolores de cabeza. Cada decisión trae un camino. Cada camino un alimento para tu día a día. ¿Cómo quieres levantarte cada mañana? ¿Cómo quieres amar y sentirte amado? Ahora: Qué puedes hacer hoy para ir caminando hacia ello. Acepta el error, el no sé dónde voy, el “estamos todos perdidos y asustados”.

Propongo lo siguiente para decidir:

1. Lo primero es lo que verdadero. Aquello que tu estatus o tu máscara no ha sabido atajar ni filtrar a través de las palabras correctas. Aquello que aún no ha pasado por matiz de lo que debes ser. El impulso habita en el matiz de lo que quiero ser.

2. Confía. Mañana no existe. Mañana es un invento de nuestro cerebro, la enfermedad de una emoción que se desdibuja en un presente que se abre a cada instante. Confiar es sentir que a tu alrededor el mundo se abre. Confiar es estudiar, observar una rosa y aprender que por mucho que la gritemos, no va a crecer antes. Confiar es entender que lo viejo no da paso a lo nuevo. Confiar es comprender que venimos con una carga que no acompaña, que por su propio peso puede llevarnos al suelo o puede servirnos de pretexto para otear el horizonte desde mayor altura. Confiar es no saber lo que va a pasar y sentir la humildad de estar vivo.

3. Lo peor que te puede pasar en la vida es que no te pasa nada. Estar siempre en la orilla del mar, observando el oleaje, imaginando cómo debe ser eso del bañarse, reduce nuestras experiencias a conceptos. Creemos conocer algo porque lo pensamos. Pero también hay muchos tipos de conocimientos (así como muchos centro de movimiento existencial: ya dijimos: intelectual, emocional, motor y espiritual), y la experiencia de sentirse dentro del agua es indescriptible y ahí estamos los poetas tratando de traer al mundo de las palabras sensaciones que se escapan. Tratando de meter aire en los bolsillos.  Lo peor que nos puede pasar es ser lo de siempre. Es que no nos pase nada, es no tener nada que contar. porque el ser humano es un ser que necesita historias para desarrollarse. Para inscribirse en el mundo. Lo peor que nos puede pasar es no tener nada que contarnos, sentir que hemos vaciado la vida.

4. Allí habita lo mágico. Comprendamos. Aquí lo conozco. Aquí estoy yo con mis artimañas de sentir que lo controlo, que puedo con ello. No hay ningún escape y de haberlo lo nombro zona prohibida. Esto nos hace sentir la ilusión de controlamos lo que nos pasa al rededor. ¿Has probado el aprendizaje tan maravilloso que habita tras el miedo? ¿Has pensando que el miedo te esta llamando para enseñarte? ¿Has probado a dejarte nacer en un lugar des-nudo (sin nudos)? ¿ Has probado a no mirarte ni escudarte en el teléfono cada 5 minutos y dejarte sentir por lo dice el paisaje? Allí no hay máscara para mí. Ahí estoy yo, frente al mundo. Frente a lo desconocido, frente a nuevas emociones que lidiar, nuevos colores que nombrar.

Si tienes miedo al hacer algo nuevo. Estas haciéndolo bien. Pero no pienses demasiado, que razón y miedo no se llevan bien.

La razón busca lo bueno para ti, pero el miedo: Quiere lo mejor.

Los niños saben vivir en el «no sé», pero nosotros no

Sobre la Sociedad. Capítulo 2.
 
… Los niños saben vivir en el «no sé», pero nosotros no. Nosotros necesitamos creer que sabemos aunque, para ello, tengamos que mentir. Como el niño vive en la incertidumbre y nosotros no sabemos vivir allí, lo que hacemos es arrancarle de su mundo para traerlo al nuestro porque, en el nuestro, tenemos cierto control y el suyo nos asusta. En la incertidumbre siempre hay preguntas y cosas por resolver y los adultos no sabemos estar en los procesos; a los adultos solo nos interesa creer que hemos llegado a algún final.
 
En la escuela, las preguntas siempre van dirigidas a que el niño responda y eso le impide ser capaz de jugar con sus bosquejos internos; eso hace imposible que su esencia salga a explorar y a bailar. A nuestra esencia no le interesan los caminos rectos, no le interesa la prisa del otro ni el deseo de cerrar una puerta. Nuestra esencia siente que, cuando cierra una puerta, una parte de ella muere. No le interesa sentenciar ni atar; le interesar dar vueltas, mezclarse, jugar, besar, palpar, recorrer y ser libre. Nuestra esencia quiere poder desligarse de lo antiguo y transitar hacia una nueva forma.
 
A nuestra esencia le gusta la libertad, le gusta estar en suspensión porque confía en que, solo en suspensión, se puede crecer y evolucionar. Y, tiempo más tarde, quizás dentro de muchos años, volverá a encontrase con esa pregunta que se hizo tiempo atrás y es posible que la responda o quizá no. Quizás la vuelva a mirar y se quede deambulando por la estela que genere, pero eso no le supondrá ningún problema porque le encanta el aroma de las cosas por resolver.
 
Nos educaron para cerrar, amarrar, guardar, tener… Nos educaron para dar respuestas, es decir, para tener las puertas cerradas. Nos educaron para todo lo contrario a lo que nuestra esencia precisa.
 
 
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Fragmento extraído de mi libro “Aladuría: El camino hacia la Creatividad” Editado por Mueve Tu Lengua
 

¿Quién dijo que no se podía viajar en el tiempo? (Feliz día de Reyes Magos)

Revivir el día de hoy… desde el niño que fui.

Amar es recordar. Amar es también regresar al lugar donde nuestro corazón fue espuma dorada. Porque el amor es ante todo, un viaje… Un salir de mi para llegar a ti, para llegar a un nosotros en gerundio que se divierte siendo “aquí y ahora”.

Y en ese regreso estuve hoy. Jugando a tener 3 años, 5 y 7. Le decía a mi hija “-¿Tesoro, escuchas los camellos? Están fuera de la casa!”; y ella, dulce vida, me respondía con los ojos abiertos un extenso y amoroso : “Si papi… Les escucho”.

Hermoso darme en este legado. Porque al decir esas frases y probar esos juegos también jugaban dentro mi las voces y los rostros de mis padres. Y de pronto sentía como por mi boca salían emociones que llevan viviendo en mi más de 30 años.

Me escuchaba hablar y sentía como era mi madre quien jugaba. Me observaba diciendo ” Mi vida, los Reyes son mágicos y entran por la ventana” y a la vez notaba en el pecho la voz cálida y tierna de mi padre.

Qué precioso poder vivir esto. Qué hermoso poder acompañar a alguien hacia esa magia. Qué hermoso poder revivirla yo también. Tener 4 años, aunque habite los 37.

Por amar es recordar. Amar es volver a pasar por el corazón. Como anuncia su etimología (Recordar = re-cordis). Pues eso, la paternidad ofrece esa capacidad de viajar a lo que aún habita en ti, a lo que aún vibra pero el tiempo y el miedo borraron. La paternidad es una hermosa ventana desde la que poder mirarte en los espejos de todas tus edades.

Amar y regresar con un ramo de flores en la boca. Y regresar con una bandera preciosa con la que transitar la vida desde el adulto feliz y pleno.

Porque amar es recordar.

Y a mi la paternidad me enseñó eso. Me enseñó a recordar desde el corazón limpio y puro que supone la infancia.

Mi regalo de hoy fue volver.

¿Quién dijo que no se puede viajar en el tiempo?

Creo que fue alguien que nunca amó,
alguien que nunca parió, ni vio salir de su alma una criatura.

La infancia es un espejo, hermoso; desde el que volver a abrazar a tu madre como si ya no te diera vergüenza. Desde el que poder mirar a tus padres como si fueran el centro de todo.

La infancia es un espejo.
La paternidad un viaje hacia tu infancia
y el amar es recordar.

Amar es volver a pasar por el corazón.

Feliz día de Reyes a todos 🙂