Me pasa. A veces le subo la voz a mi hija. Le digo de forma categórica cosas que no tienen que ver con ella. Entonces siento como un cuchillo se me clava en el corazón.

La culpa asoma por la puerta y quiere dar casa dentro de mi. Entonces me paro, respiro, mi miro, la miro.. me veo.

Me doy cuenta de que cuando me enfado con ella es porque no estoy en ella ni estoy en mí. La infancia irrita porque nos invita a jugar en el suelo y estar en el presente. Y los adultos no sabemos nada de eso. Mi enfado nace porque le doy más importancia a mis emergencias y mis cabos sueltos que a su despertar y presente.

Entonces miro a la culpa y la acaricio. Y me digo que no pasa nada, que todo bien. Que mejor darme cuenta ahora que dentro de 10 años. Me consuela sentir que soy humano, imperfecto. Que estoy asustado y la vida me da miedo. Y por eso la grito. Esa mi infantil forma de creer que estoy controlando algo. De creer que poniéndote estos límites se los pondré a mi demonios y fantasmas también.

Me retiro. Respiro. Me doy tiempo y me recuerdo. La vida rápida a veces me arroja al vacío. Antes de ser padre me era fácil. regresar y construirme. Pero ahora la velocidad es otra, el eco es otro, las consecuencias son otras… Mi incapacidad para sostener el presente ahora puede dañar una vidita incipiente.

Creo que la paternidad sobre todo entrega la capacidad de sostenerse. De ser hombre, de ser capaz. Sostenerse día a día. De mañana, de tarde, de noche, en la risa, el llanto, la ansiedad, la ternura…

Sostenerse. Ser capaz de quitarse importancia.

Ver la sombra y dar respuesta. Ver cómo la mierda propia se extiende a un trocito de tela azul tierna y libre, ver cómo mis cabos sueltos se apropian de ella, ver cómo mis inseguridad bailan y agarran sus piernitas llenas de brío y baile.

Me paro. Veo la culpa y la acaricio. Me retiro. Respiro. Me hago cargo de mis miedos.

Veo la sombra y le digo que no se extienda más allá de mi. Me sitúo frente a ella y le digo que no puede pasar. Que no puede salir, que no puede acercarse a ella.

Entonces me hago frontera y la sombra ríe y mi hija juega.

El límite era para adentro Julián.

El grito era para dentro querido.

Qué difícil sostenerse. Qué difícil la adultez. Qué difícil salir de la imagen que he creado de mi.

Qué hermoso camino me queda por recorrer.

Me digo mientras acaricio con la música de mi guitarra todos mis cabos sueltos.

___

Hace años me escribí una canción para estos momentos. Una canción que me ayudase a regresar de mis fantasías. La titulé “Amanecer”

https://open.spotify.com/track/0rlYCJJ23n9lBaKfE2lfBY

Texto extraído de mi próximo libro “Crianza poética”.

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Ilustración Aurora Portillo.

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