EMPRESARIOS DE NUESTRA ESENCIA

¡Qué preciosa es tu hija! ¡Qué libre! ¡Qué alegre!

¡Qué de libertad desprende!

¿Si verdad?

Se nota que todavía no aprendió a agradar a nadie.

Cuando empecé a estudiar pedagogía nadie me dijo: “Ojalá que sientes cátedra, tengas la posibilidad de ser reconocido y tengas un despacho gigante”. Cuando empecé a estudiar pedagogía nadie me dijo nada, pero, cuando comencé con la música, todo cambió; todos me decían: “Ojalá que vayas a la televisión”.

Aunque nuestra esencia no tenga que ver específicamente con la expresión artística, es en las artes donde más claramente se observa y se ve aceptada. La visión que se tiene del arte es que o eres el mejor o no eres nadie; o ganas mucho dinero o no ganas nada. Esto hace que la esencia se convierta en mercado, hace que nuestro deseo de trascender quede anulado y pertenezca solo al colectivo de la gente que lo sabe hacer o, mejor dicho, que lo sabe vender.

El trasfondo de todo esto hace que las personas veamos que el arte solo tiene sentido cuando tienes éxito; si no sales en la televisión, no vales. Pero la realidad del arte es otra muy distinta a la de agradar al público. El arte, en esencia, no está al servicio de contentar a nadie ni de conseguir ser muy llamativo ni guirnáldico1 . El corazón del arte no es salir en televisiones ni tener seguidores en Twitter. La esencia del arte no está al servicio del ombligo de nadie, sino al servicio de la transformación de la sociedad, pero fuimos educados para lo contrario.

A la esencia le pasa como al arte, nos educan para ser, siempre, los primeros en todo, pero el Arte no está para ser el primero en nada y mucho menos nuestra esencia. Nuestra materia infantil no quiere contentar al público, solo quiere ser feliz, jugar y compartirse, pero, en su camino, se encuentra con que o bien opta por venderse y comercializarse o bien opta por esconderse.

Nuestra esencia somos nosotros disfrutando de un castillo en la arena, de la espuma del mar. Somos nosotros contando estrellas, escribiendo un poema, cantando en la ducha, en el rellano de casa. Somos nosotros haciéndole un regalo a nuestra madre, jugando con nuestro perro, imaginando historias infinitas…

Así se urde nuestra infancia. Ningún niño quiere ganar un disco de oro hasta que la sociedad le dice que eso es lo importante. Es la sociedad quien le vende esa idea, es la escuela quien comienza a articular esos pensamientos.

Nosotros asistimos a la escuela pensando que van a cuidar eso que traemos dentro, pensando que nos van a mimar y a potenciar esa patria interna donde somos pura felicidad y entrega y nos encontramos con un centro de entrenamiento al servicio de la apariencia, el mutismo, la mentira y la ceguera.

A partir de ahí, todo remará en contra de nuestros planetas infantiles, todo virará en contra de nuestra almas y, lentamente, por miedo, por rechazo, porque es mejor estar callado y convivir con la pena que hablar y sentirse castigado, se irá escondiendo nuestra esencia.

Esta verá, impávida, cómo todo es mercado y agrado, todo es fútil y superficial. “¿Por qué bailar significa ser el primero en este concurso de la televisión?, ¿Por qué cantar es que todos te aplaudan en este Reality Show?” Dirá nuestra esencia, sorprendida. Nuestra esencia no quiere eso.

Ella evita el contacto con la manipulación y el encantamiento del otro así como con el exceso de ego vacío. No quiere convertir a nuestros duendes en materia de circo; el que estemos siempre guapos, maquillados y perfectos no le interesa. No le interesan las máscaras ni las dobles morales. No le interesa nada más que sentirse viva, sentir que vino al mundo a compartir su color, a ser feliz, a no compararse, a jugar, a regar, a versar, a sentir, a evolucionar, a trascender.

Pero como no sucede así, esa idea es tildada de infantil y pronto nos enseñan que eso es muy bonito, pero “La vida es otra cosa y, cuanto antes lo aprendas, mejor te va a ir”. Frente a eso, nuestro corazón decide retirarse porque no quiere mostrarse dentro de ese circo normalizado.

En la publicidad, en la televisión, en las redes sociales se nos invita a ser constantemente los más, los mejores, los número uno. Si hablan de un jugador de fútbol tienen que hablar del mejor, del delantero, el que más goles marca. Y a ese número uno hay que crearle un antagónico. Y así la televisión genera una pelea inexistente, un conflicto que el seguidor de los equipos no sentía hasta que ellos lo crearon.

La misión de nuestra esencia no es agradar al público ni venderse. Nuestra esencia no tiene nada que ver querer millones de seguidores ni con ser la primera en nada. Ella simplemente late, palpita, ríe, vive, juega y se comparte.

Ya desde niños se nos invita a hacer funciones de teatro de fin de curso. -¡¡Tenemos teatro en la escuela!!- Dice el director entusiasmado, y las familias quedan felices y expectantes al saber que sus hijos estarán encima del escenario mostrándoles sus capacidades a los demás. El teatro en la escuela no está solo para hacer una función al final de curso y eso poca gente lo ve porque cree que la finalidad es mostrarse a los demás. Y claro que puede serlo, pero, al hacerlo, dejamos de ver el teatro como un espacio donde el niño aprende a conocerse y a conocer al otro, dejamos de verlo como un espacio de trasformación de la sociedad, como un espacio de contacto con su mundo interno. ¿Cree que la función de fin de curso en la escuela, para alumnos de infantil o primaria, está al servicio del niño o de la publicidad de la escuela?

Créame si le digo que he asistido a muchas funciones de esas y también he visto los ensayos. Quizás fue por falta de tiempo del maestro, pero allí no había tacto ni ternura; los niños eran marionetas a las que se les decía lo que tenían que hacer y cómo lograrlo, dónde situarse y qué frase decir. Si el niño es tímido, le vestimos de árbol o le ponemos a ayudar a los demás. Si es extrovertido le ponemos el primero en la obra. Tremendo dolor para todos ellos que ven cómo sus maestros les usan para tener algo que contar y de lo que presumir en la junta trimestral.

Nuestra esencia no quiere nada de eso, no quiere que la tensen ni le provoquen ningún malestar innecesario y decide cerrarse y evitar el contacto con el arte, con su forma de expresarse. Aquello no dejó de ser un maltrato, aquello no dejó de ser una violación a la intimidad de esos pequeños. Este ejemplo es simplemente otro de los tantos momentos en los que el adulto puso sus necesidades por encima de las del niño.

Un adulto asustado y confuso que, como siempre, volcó sus inseguridades en el niño.

1Referente a guirnalda.

_

Fragmento extraído de mi libro “Aladuría” A la venta en todas las librerías.
 
Más sobre la Escuela ImproVersa y sus formaciones en Aladuría en http://www.improversa.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s