A menudo, los maestros o artistas solemos fundamentar un error de base. Esto, en realidad, está imbricado con un extraño mecanismo que parece caracterizarnos hoy en día. Quizás es porque no nos acostumbraron a recibir cosas bonitas, quizás es porque nos gusta el lodo, quizás es porque nos sentimos incompletos o quizás necesitamos sentir que todo es perfecto y eso nos imposibilita. Porque la perfección es una lealtad ideológica. Un constructo al que queremos llegar por pura obediencia sistémica. Toda palabra que no produce eco, que no ha nacido de lo que siento aquí y ahora, de mi elección personal… es obediencia ciega. 

Sucede dando clase o un espectáculo. El maestro, el tallerista, el facilitador o el artista está frente al público y, de pronto, alguien no está atento; alguien reacciona de manera que sentimos que no está atendiendo a nuestras lecciones o a nuestra canción. Entonces, ponemos toda nuestra energía en que, esa persona que no atiende, lo haga.

¡Con toda la falta de respeto que supone eso! ¿Quiero lo mejor para él o para mí?, ¿Quién necesita eso?, ¿Necesito que el otro sea feliz o que mi ego reluzca?

Los maestros solemos decirle al niño: “¡Atiende!”. Si nuestro tacto es mayor, hacemos juegos para que no sea la atención la que nazca de él sino para asumir que la responsabilidad del proceso de aprendizaje es compartido. Sin embargo, mientras gastamos energía enfadándonos porque ese niño o esa persona del público no estaba imbuido, perdemos el respeto por quienes nos escuchan.

¿Por qué sucede esto? Quizás la respuesta no tenga tanta importancia como lo tiene la pragmática solución. ¿Para qué necesito que todos me escuchen?, ¿para qué gastar mi energía en quien no está disponible?

Los maestros o comunicadores, enojados, no conseguimos salir de eso. Cuando pones tu energía en lo carente, olvidas lo posible. Ver sólo a quien no escucha y llevártelo a lo personal es una de las competencias que el maestro debe asumir y es necesario que comprenda que, el hecho de que no te escuchen, no quiere decir que no sepas hacer bien tu trabajo. Puede ser que ese niño no esté disponible. A veces los seres humanos necesitamos estar en otros lugares en vez de en la palabra del otro. Entenderlo es aprender con el otro.

Quizás sí que podrías decirte: “¿Por qué me obsesiono con que TODOS tienen que escucharme?, ¿por qué me llevo al lado personal esta situación?, ¿por qué me fijo en lo que falta y no en lo conseguido?”

¡Maestro!, ¡Artista!: Pon tu energía en quien te escucha, no en quien no está disponible.

 


 

@bozzojulian

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