Pasa a menudo que tomamos una decisión y por alguna extraña causa, el eco de ese impulso nos acompaña durante un tiempo. Asoma a través de las preguntas ¿habré hecho bien? ¿ Es esto correcto?

Sin duda, tomar una decisión trae una factura asociada, una abanico extenso que en forma de juicio nos sitúa en una realidad incómoda que la mayoría de las veces nos ubica entre dos mundos que no terminan por cerrarse. Así, vivimos entre lo que deseamos dejar atrás y lo nuevo que no se termina de abrir debido a nuestra incapacidad para confiar en lo que vendrá.

Es difícil, lo sé. Es complicado separarse de lo desconocido y aventurarse en lo que será. Pero ¿qué nos pasa para tomar decisión y estar en constante diálogo con el juicio?

Cuando decidimos podemos hacerlo desde varios lugares. No es sólo la cabeza (el intelecto, la razón, etc) quien toma las decisiones. Muchas veces lo hace el cuerpo, otras veces el “espíritu” y otras el mundo emocional.

Sinceramente creo que no sabemos diferenciar (en realidad nunca nos enseñaron) qué centros motores nos hablan; de esta manera solemos ponerle toda la atención y el peso al centro motor de la cabeza. El intelecto decide dentro del campo para que le es propio. Hunde su dominio en acontecimientos que precisan saber de las consecuencias de nuestros actos, cuya ética se basa entre lo correcto y lo incorrecto. Distingue, clasifica, ordena, valora, etc. De esta manera nos ayuda a ordenar nuestras finanzas, decidir entre dos coches en el concesionario o a no caminar descalzos su hay cristales en el suelo.

Pero hay otro orden de experiencias vitales que no pueden ser medidas a través de este velo. Un orden de movimientos internos que nos están situando más allá de la realidad conocida, un bosquejo titubeante donde anida lo mágico, lo inexplorado, lo inefable. Ese lugar aún no esta bajo el imperio de  la palabra. No puede ser descrito, mediado, filtrado ni manipulado, los pasos no se pueden prever, ni planificar. Es el mundo de las decisiones traídas desde el corazón, desde lo invisible y lo poético, desde aquello que cada uno sabe que es mejor para sí mismo.

¿Qué nos pasa para decidir y no estar convencidos de lo que hemos hecho?

1. Tenemos miedo al juicio. Sin duda nos aterra que es lo que pensarán los otros de nosotros. Expresarse es un acto de valentía tremenda y habitualmente el resto de la gente que nos acompaña suele preferirnos iguales que distintos. Así que antes de que me digan si esto esta bien o mal, antes de sentir soledad y rechazo. Prefiero no decir nada.

2. Tenemos miedo a lo inexplorado: Allí, más allá de lo que conocemos se esconde una orbe de escenas imprudentes que abren un universo de experiencias por vivir. En ese mundo de nuevas maneras, nuestro disfraz cotidiano se desdibuja. ¿ Qué me pasa si me enfrento a la soledad? ¿Qué pasa si me enfrento a la compañía? Pasan cosas nuevas, pasan cosas nuevas y la necesidad de comprenderlas. Pasa que tengo que rellenar de vuelta con nuevos significantes aquello que me rodea, explorar nuevas emociones, nuevas maneras de sentirme en el mundo. Y eso supone un esfuerzo, una caminar a ciegas y un sentir que no controlo la vida. Y eso, asusta.

3. ¿Quién decide por nosotros? A menudo no podemos dar un paso porque nuestra cultura y sobre todo nuestra familia no lo consiente. Tenemos que ser fieles al sistema familia. Digamos, en resumidas cuentas que lo que todo ser humano quiere es el amor de su padres, gran parte de nuestras decisiones o bien provocan rechazo o bien hace que se sientan satisfechos. En cualquiera de estos dos  casos esas decisiones están relacionadas con el ser queridos o vistos por nuestros progenitores y a la vez por nuestro sistema familiar. A menudo, los hijos solemos hacer cosas que nuestros padres no ser atrevieron a hacer. Y lo hacemos con amor y un hálito de decirles “papa/mama yo lo hago por ti”. Lo más natural es que el sistema no nos deje hacerlo, es un espacio prohibido. Esa prohibición por hacer lo que queremos por nuestra familia fue a su vez vetada por nuestros bisabuelos a nuestros abuelos y así en una red sistémica y meta genealógica. Por tanto cuesta esfuerzo y sudor. Aunque meternos aquí es abrir otra discusión digamos que es preciso aceptar que nuestras padre lo hicieron lo mejor posible, que les queremos y que agradezco lo que me habéis dado; Pero es momento de seguir caminando yo mirando al futuro y no mirado a lo que fue. La lealtad a nuestro sistema familia es enorme (Léase: Lealtades invisibles y nuestra Libertad Creativa.)

¿Cómo saber si la decisión que has tomado es la correcta? Primero, olvida la idea de que hay decisiones mejores o peores. Meterte en esa diatriba solo trae dolores de cabeza. Cada decisión trae un camino. Cada camino un alimento para tu día a día. ¿Cómo quieres levantarte cada mañana? ¿Cómo quieres amar y sentirte amado? Ahora: Qué puedes hacer hoy para ir caminando hacia ello. Acepta el error, el no sé dónde voy, el “estamos todos perdidos y asustados”.

Propongo lo siguiente para decidir:

1. Lo primero es lo que verdadero. Aquello que tu estatus o tu máscara no ha sabido atajar ni filtrar a través de las palabras correctas. Aquello que aún no ha pasado por matiz de lo que debes ser. El impulso habita en el matiz de lo que quiero ser.

2. Confía. Mañana no existe. Mañana es un invento de nuestro cerebro, la enfermedad de una emoción que se desdibuja en un presente que se abre a cada instante. Confiar es sentir que a tu alrededor el mundo se abre. Confiar es estudiar, observar una rosa y aprender que por mucho que la gritemos, no va a crecer antes. Confiar es entender que lo viejo no da paso a lo nuevo. Confiar es comprender que venimos con una carga que no acompaña, que por su propio peso puede llevarnos al suelo o puede servirnos de pretexto para otear el horizonte desde mayor altura. Confiar es no saber lo que va a pasar y sentir la humildad de estar vivo.

3. Lo peor que te puede pasar en la vida es que no te pasa nada. Estar siempre en la orilla del mar, observando el oleaje, imaginando cómo debe ser eso del bañarse, reduce nuestras experiencias a conceptos. Creemos conocer algo porque lo pensamos. Pero también hay muchos tipos de conocimientos (así como muchos centro de movimiento existencial: ya dijimos: intelectual, emocional, motor y espiritual), y la experiencia de sentirse dentro del agua es indescriptible y ahí estamos los poetas tratando de traer al mundo de las palabras sensaciones que se escapan. Tratando de meter aire en los bolsillos.  Lo peor que nos puede pasar es ser lo de siempre. Es que no nos pase nada, es no tener nada que contar. porque el ser humano es un ser que necesita historias para desarrollarse. Para inscribirse en el mundo. Lo peor que nos puede pasar es no tener nada que contarnos, sentir que hemos vaciado la vida.

4. Allí habita lo mágico. Comprendamos. Aquí lo conozco. Aquí estoy yo con mis artimañas de sentir que lo controlo, que puedo con ello. No hay ningún escape y de haberlo lo nombro zona prohibida. Esto nos hace sentir la ilusión de controlamos lo que nos pasa al rededor. ¿Has probado el aprendizaje tan maravilloso que habita tras el miedo? ¿Has pensando que el miedo te esta llamando para enseñarte? ¿Has probado a dejarte nacer en un lugar des-nudo (sin nudos)? ¿ Has probado a no mirarte ni escudarte en el teléfono cada 5 minutos y dejarte sentir por lo dice el paisaje? Allí no hay máscara para mí. Ahí estoy yo, frente al mundo. Frente a lo desconocido, frente a nuevas emociones que lidiar, nuevos colores que nombrar.

Si tienes miedo al hacer algo nuevo. Estas haciéndolo bien. Pero no pienses demasiado, que razón y miedo no se llevan bien.

La razón busca lo bueno para ti, pero el miedo: Quiere lo mejor.

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